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VICIOSAS INTENCIONES

Enviado por Feli

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Soy una mujer joven que ha estado casada dos veces con dos hombres bastantes diferentes: El primero, débil y falto de carácter, pero con un miembro tan descomunal que multiplicó el tamaño de mi vagina por cinco. Y el otro, ya fallecido también como el anterior, poseía un cuerpo atlético, un carácter fuerte y una simpatía inigualable, pero disponía de un pene casi infantil. Así que, con el primero me pasé la vida gritando: ¡Basta! ¡Basta!, y con el segundo: ¡Más! ¡Más!

¡Qué cosas pueden sucederte en la vida! ¿Verdad? Bueno, pues eso no es todo, porque, ahora, sola y necesitada de compañía masculina se me ha ocurrido escribir a eso de los CONTACTOS INTIMOS y mirar que pedazo de carta he recibido en respuesta a la mía, naturalmente. Dejo a un lado la introducción de dicha carta, que no sirve para nada y comienzo por el auténtico meollo de la misma:

"Soy un hombre muy impulsivo, cuando me gusta una tía enseguida me pongo cachondo y no paro hasta llevármela a la cama. Pero una vez en ella, me gusta recrearme un poco antes de metérsela, viendo como ella misma se acaricia las tetas, poniéndose duros los pezones. Ver como una mujer hermosa se magrea sus propios pechos me pone la polla como una estaca.
Y así, dejo que continúe tocándose, mientras yo hago lo propio con mis atributos sexuales y entonces, me vuelve loco que la gachí me hable de ellos, diciéndome que son grandes y potentes y que se muere por tenerlos dentro del agujero que posee entre las piernas, pudiendo comprobar que no miente cuando me muestra su húmedo coño ansioso, naturalmente, de polla.

Cuando mi verga está completamente dura y mis cojones saltan, le pido que me pase su lengua por el capullo al tiempo que yo le acaricio el clítoris a ella. En este momento, ellas siempre me piden que dé hierba a su conejo, pero yo les aseguro que todavía se pueden saborear otras muchas y deliciosas marranadas sexuales como, por ejemplo, lamerme los huevos despacito y con suavidad. A veces, las tías con quien estoy, se desesperan porque tardo en darles lo que me piden ansiosas y, al no obtener respuesta positiva alguna, comienzan a masturbarse furiosamente. Eso me excita tanto como lamerles el coño cuando lo tienen lleno de leche.

Me gustan las hembras con pechos grandes para poder colocársela entre sus poderosas ubres y ver, cuando comienzan a apretarme entre sus carnes la polla, cómo aparece y desaparece mi capullo entre esa abundancia de chicha, como si quisieran ahogármelo lentamente. Tengo que reconocer que, a veces, me cuesta sujetar el revuelo de mis espermatozoides, pero casi siempre lo consigo y eyaculo cuando me apetece a mí, que acostumbra a ser, cuando se la hinco hasta la matriz y las escucho gritar, no sé si de dolor o de placer. Tu ya amigo, Julián"


¿Qué os parece a vosotros, amigos míos? Espero que igual que a mí, pues la dichosa carta me revolvió las entretelas y no tuve más remedio que contestar enseguida. Me reuní con el intercepto en cierto parque público y junto a cierta pública estatua. Sin más preámbulos y, después del saludo protocolario, me llevó a su casa, me metió en el baño y se puso a mear para, lógicamente, enseñarme su hermosa y buena zanahoria.

Me gustó aquella zanahoria. Me gustó mucho, no lo puedo negar y respondí a su gesto meatorio con una mirada cargada de deseo, logrando que enseguida él entrara en erección. En cuanto comenzó a bajarse los pantalones, yo me agaché situando mi boca a la altura de sus genitales y aquel, todavía desconocido para mí, se me acercó balanceando su pene a un lado y otro hasta golpearme la cara. Fingí una falsa resistencia para que él me forzara a abrir la boca que, en realidad, le estaba esperando ansiosa. Con sus muslos a los lados de mi cara introdujo en mi estuche bucal aquel pedazo de carne coronado por un hermoso capullo y llegó hasta mi garganta, haciéndome casi vomitar.

Veintidós centímetros de carne oronda y caliente son demasiados centímetros para que te los metan de un golpe. Tomé aire y mamé gustosa, hasta que sentí abrirse la fuente del placer y cuajarme de semen. Chorreando líquido, se me escapó de la boca aquella monstruosidad. Mis arcadas asustaron al propietario del majestuoso volumen que me preguntó: “¿Necesitas ayuda?”. Casi ofendida, le respondí: “¡No necesito ayuda de nadie, pero para comenzar, me parece que ha sido demasiado!”. Y me enjuagué la boca con el agua fresca que brotaba del grifo de la bañera.

Del baño, fuimos al dormitorio y en el dormitorio, nos apoderamos de la cama y en la cama, me folló, habiendo realizado antes todas las ceremonias que acostumbraba a hacer antes de metérsela a la compañera de turno según me explicaba en la carta que ya os he transcrito.

Julián es un hombre singular, con quien desde que le escribí a los Contactos Intimos y recibí su contestación, mantengo una buena amistad y follo de vez en cuando, siempre tan bien y tan a gusto como el primer día.


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