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EL DESVIRGUE TRASERO

Enviado por Carmen, una sevillana

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Amar a un hombre es desearle, es entregarse a él y darle todo cuanto tú eres. Amar a un hombre es identificarse con sus gustos, sus costumbres y su forma y manera de ser. Todo esto me sucedió cuando conocí a mi amado y querido Miguel.
Tenía él, por entonces, dos años más que yo, es decir, veinticinco años. Veinticinco bellísimos años, llenos de vida y de pasión.
A mí su sola presencia me excitaba. Su sonrisa se iluminaba con una hilera de blanquísimos dientes y su camisa siempre permanecía abierta a causa de su abultado pecho, bien formado y musculoso, pecho que adornaba un abundante, rizado y moreno vello. Mi rostro se solía perder frecuentemente por aquel bosque que olía maravillosamente bien.

Y aquella mañana...

Salía Miguel de la ducha, cuando yo entraba en la cocina para prepararle el desayuno.
Estaba completamente desnudo y todavía unas gotas de agua le resbalaban brillantes por el cuerpo. Su pene y sus testículos se balanceaban inquietos al andar.
Todo aquello era algo que a mí, como mujer enamorada, me desquiciaba agradablemente y como Miguel conocía mis debilidades, abusaba de este exhibicionismo que me excitaba y me obligaba a dejarlo todo para acercarme a él.

-Buenos días, querida. ¿Qué haces?
-Te preparo el desayuno.

No pude terminar la frase, porque al verle desnudo frente a mí y recién duchado, sentí la necesidad de abrazarle y comenzar a besar todo su cuerpo.
Su pene inició un crecida prodigiosa y una vez erecto del todo, comenzó a descansar sobre mi bajo vientre.
Cachonda perdida, me apreté contra su fortísimo cuerpo, mientras mis manos estrujaban la carnosidad de su hermoso culo.
Mi boca buscó la suya y en absoluto silencio mis labios se abrieron para recibir su lengua. Entonces, me sentí ansiosamente oprimida por sus poderosos brazos. Comenzamos a jadear.
Miguel me obligó a descender y a ponerme de rodillas frente a él por cuya razón, de pronto, me encontré con mi rostro pegado a su sexo, todavía húmedo por el frescor de la ducha, que olía como huele la tierra recién mojada.

NO LO DUDE UN MOMENTO

Ya estábamos los dos acostumbrados a estas improvisadas sesiones de amor, por eso, al instante, hundí mi rostro en el bosque velloso que me ofrecía su pubis. Mi lengua comenzó a humedecer su miembro vigoroso que tanto me gustaba.
A él, a mi amado Miguel, le encantaba, en esos momentos, apretar mi cabeza contra su sexo casi hasta hacerme daño. Otras veces, jugaba con mi cabello y nunca dejaba de susurrarme las palabras más bellas y dulces.
En tal postura, podía apreciar sus enorme testículos perfectamente.
Aquella mañana, los apreté con cariño y estaba a punto de regalarle la mejor de mi felaciones, cuando le escuché decirme.

-Basta. Dejémoslo para después.
-¿Para después? ¡No! Aprovechemos el embrujo de este momento precioso.

Entonces, él me alzó del suelo y me desnudó poco a poco. Nuestros sexos se confundieron al mismo tiempo que nuestras bocas y no sé por qué aquella vez, sin que él me lo pidiera, comencé a ofrecerle mi espalda.
Quería, necesitaba que me desvirgarse por tal lugar.
No fue necesaria explicación alguna: Comenzó él lentamente a lamer mi parte trasera y lentamente a lubricar con su lengua y saliva el oscuro orificio de mi ano que estaba caliente como nunca.
Introdujo, primero, el dedo más largo de su mano derecha al tiempo que con la izquierda masajeaba mi clítoris y la entrada de mi vagina. Sus testículos estaban rebosantes de semen y de calor.

Lentamente mi culo fue abriéndose para que entrara por él su enorme pedazo de polla que tanto me gustaba.
Facilité yo su operación adoptando la postura más adecuada para ello y, cuando todo estuvo a punto, empujó él con fuerza, introduciéndome por detrás toda su carne de hombre, poderoso y enamorado.
Comenzamos a movernos casi al unísono. Empujaba él y yo resistía cuanto me era posible el empujón. Así una y otra vez. Un minuto, dos, tres... ¿Cuánto tiempo? ¡Qué se yo! Perdí todo el contacto de la realidad, hasta que sentí dentro de mi cuerpo un río de semen caliente y de felicidad.

Mi virginidad posterior había sido abatida, mi ano ya era un poco más ancho y más redondo que el día anterior y mi persona más feliz que nunca.
Volvió a ducharse él, esta vez para acompañarme a mí en la misma operación y luego, más relajados y tranquilos, desayunamos juntos y juntos salimos a la calle para cumplir cada uno con nuestra obligación laboral.


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