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SEXO Y NATURISMO

Enviado por P. Sanz

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Siempre me ha parecido algo muy saludable vivir la vida de la forma más natural del mundo. Quiero decir con esto que soy muy partidario de las dietas vegetarianas, del peso controlado y en definitiva de vivir la vida de acuerdo a los postulados naturistas...

Y, por esta forma de ser mía, en cierta ocasión, cuando ojeaba una revista dedicada a la vida sana, me tropecé, cosa insólita en este tipo de publicaciones, con una sección de contactos íntimos y dentro de la tal sección, con un anuncio que decía: "Te invitamos a una fiesta naturista todos los jueves por la tarde.Ven. No te arrepentirás." Y a continuación, un número de teléfono. Tentado por el misterio que me produjo un anuncio naturista insertado en una sección de contactos íntimos, marqué el número de teléfono añadido al anuncio y concerté una cita para asistir a esta fiesta naturista que, me pareció, tenía marcados tintes eróticos, debido a la particular publicidad que se hacía de ella.

UNA AGRADABLE SORPRESA
Llegado el día de la cita, me personé en el lugar concertado para celebrarla, un viejo caserón, situado casi fuera de la ciudad donde resido y me recibió una jovencita completamente desnuda.
-¿Tú eres Pedro?-me preguntó- sonriéndome inefablemente. Asentí con un leve gesto de cabeza y enseguida fui introducido a un salón donde se encontraba un grupo de personas, conversando animadamente y también sin ropa alguna. Apenas estuve aposentado en aquel salón, apareció en él un hombre joven de buen aspecto y gran simpatía que enseguida comenzó a hablarnos de lo sano que era follar en contacto con la naturaleza y disfrutar de ésta en pelota viva.
Escuchaba yo atento a este caballero cuando tres jovencitas, desnudas como su madre las trajo a este mundo, se sentaron junto a mí y comenzaron a hacerme gracias y carantoñas. Se llamaba Laura una de ellas y era morena, de cabello largo y pechos abundantes, la otra atendía por Teresa. También era morena, de ojos oscuros y preciosos muslos. Rosa era la tercera, alta y poderosa, la cual me estrujó cariñosamente y me largó dos sonoros besos en las mejillas.

El caballero que, al parecer dirigía todo aquello, continuaba hablando sobre el sexo, la naturaleza y la unión erótica entre los seres humanos, de pronto y con arreglo a cuanto decía, se desabrochó los pantalones y nos mostró a todos un cipote colosal, tieso y engordado que pareció excitar mucho a las jovencitas que me rodeaban, porque, sin prejuicio alguno, comenzaron a magrearme con pasión auténticamente lujuriosa: Una me sacó la polla y se enganchó a ella, a fin de estirármela bien y engordármela, algo que tardó muy poco en conseguir. Rosa, otra de mis acompañantes, me puso sus tetas en las manos y, al final, la tercera, Laura, para mayores detalles, me colocó su coño en la boca. Me encontré, de pronto, rodeado por aquel trío femenino, cuyo único afán, según decían sus componentes, era darme placer y proporcionárselo ellas a sí mismas.


Rosa me decía al oído: Cómeme las tetas. Laura gritaba: El coño, chúpame el coño y Teresa daba meneos y más meneos a mi polla, suspirando porque me corriera en sus manos. ¡Qué locura¡ ¡Qué orgía! Y, mientras, el conferenciante asegurando a gritos que follar era lo más saludable y gratificante que se había inventado. ¡Qué barbaridad!
En el paroxismo del aquel maravilloso ataque femenino, comencé a actuar yo, alternando mis chupetones a las tetas de Rosa con mis lamidas al coño de Laura, al tiempo que colaboraba con mis movimientos de pelvis a las manipulaciones de Teresa sobre mi polla.
¿Amigos míos, quién puede impedir correrse a chorros con tales tejemanejes sexuales? Yo, desde luego, no. Yo no pude aguantar más ni retener mi semen en su lugar por más tiempo, sólo pude suspirar profundamente y dejar que mi zurriago soltara una riada de leche como hacía mucho tiempo que no soltaba. Me quedé hecho un guiñapo y tan sólo pude sacar fuerzas de mi desmayo, cuando vi a aquellas tres bellezas revolcarse por el suelo, entrelazando muslos y brazos, uniendo coños y tetas y relamiéndose entre ellas continuamente, hasta que consiguieron alcanzar el orgasmo más escandaloso y más unido que ustedes se puedan imaginar.

Salí de mi aturdimiento, abrí bien los ojos, volví a la realidad y descubrí que aquel grupo de naturistas follaban unos con otros a discreción y mientras se corrían a barullo, se les oía decir: ¡Viva el naturismo! ¡Viva la libertad sexual! Desde entonces, no he dejado de adquirir la publicación donde descubrí el anuncio del que os hablé al principio para estudiar bien la sección de sus contactos y sacar de ellos todo el partido que puedo.


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